Revista mensual de publicación en Internet
Número 86º - Diciembre 2.007


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EL VILLAMARTA Y LAS CRÍTICAS “NEGATIVAS”

 

 

Por Fernando López Vargas-Machuca.  

Algunas voces acusan a los diferentes críticos que a veces emitimos valoraciones negativas sobre los espectáculos que vemos en el Villamarta, concretamente las realizadas sobre producciones líricas, de estar haciéndole daño a nuestro teatro. No creo que sea así, siempre y cuando estén razonadas y se encuentren expuestas con espíritu constructivo. Antes al contrario, esas “críticas negativas”,  que en la mayoría de los casos son en realidad “no del todo positivas”, han de servir de alerta ante la eventual bajada de un listón que el propio teatro se ha encargado de poner bien alto. Han de servir, asimismo, para ayudar al público a reflexionar sobre lo que se ha visto, a calibrar lo difícil que es alcanzar resultados satisfactorios en una producción operística y, por ende, a llenarse de orgullo cuando las cosas salen bien.

Pero hay otras cosas que sí hacen daño. Hacen daño quienes apoyando -con toda la razón- un proyecto tan sólido, inteligente y admirable como el planteado por el actual equipo rector de nuestro Villamarta, piensan que tal apoyo ha de significar el aplauso incondicional de todo lo que se haga, sin contar con que todos somos humanos y no siempre podemos estar acertados en la elección de títulos, elencos y producciones. Y hacen daño quienes prefieren callar su opinión desfavorable porque, según ellos, expresar una opinión semejante es atacar al proyecto en su conjunto, al teatro mismo e incluso al desarrollo de la cultura en Jerez.

Hacen daño quienes ante una valoración “no cien por cien positiva” acusan al crítico de estar subido a la parra y de demandar a un teatro modesto los niveles de los mejores centros líricos o de las “siempre trucadas” grabaciones discográficas, cuando en realidad el nivel que se exige es ni más ni menos que el que ha marcado el propio teatro con sus éxitos pasados. Las comparaciones no se realizan con las glorias del disco, aunque éstas pueden servir como punto de referencia  ideal, sino con los logros mismos que, a lo largo de estos años, han colocado al Villamarta en un nivel envidiable para muchos otros teatros  de sus dimensiones y recursos.

Hace daño que determinados críticos realicen siempre crónicas y reseñas altamente positivas, porque eso va en detrimento de su credibilidad y de la del medio en el que escribe; además, cuando verdaderamente se obtengan resultados admirables el lector será incapaz de saberlo, toda vez que lo único que tendrá ante sí serán los cuatro lugares comunes de siempre.

Hacen daño las trompeterías que proclaman presuntos éxitos cuando estos no han sido tales, pues el melómano es capaz de detectar la contradicción entre lo que él mismo percibe y lo que le intentan hacer creer. Como también son dañinos los intentos por camuflar ante la opinión pública aquellas ocasiones en las que nuestras producciones y  artistas no alcanzan en otros teatros el éxito deseado, pues los  críticos independientes de la prensa nacional, así como las opiniones espontáneas de los aficionados  en diversos foros de internet, terminan revelando que en algunas ocasiones  lo que aquí se nos presentan como  triunfos rotundos no han sido tales. Esto no sólo no contribuye a generar cariño hacia nuestros artistas, sino que además crea una fuerte desconfianza hacia quienes sobre ellos derraman el incienso

Hace daño que ejerzan la labor de críticos personas laboral y/o artísticamente vinculadas al Teatro Villamarta y cuya independencia de juicio queda por ello en entredicho. O que determinados medios obliguen a realizar tales labores a periodistas especializados en otros campos que no tienen un bagaje mínimo de conocimientos para realizar esta tarea; personas que no han escuchado en su vida, pongamos por caso, las Sinfonías de Beethoven; personas que si acuden a nuestro teatro es por obligación y con desgana pero que, eso sí, opinan alegremente sobre lo que se les ponga por delante.

Hacen daño los aficionados que claman al cielo cuando leen una opinión que no sea cien por cien entusiasta  hacia lo que vemos en el Villamarta y traducen esa crítica “en general positiva pero con matices negativos” como una crónica destructiva llena de odio y rencor; deberían ellos reparar en que las hemerotecas y determinadas páginas de Internet conservan la mayor parte de cuanto se ha escrito, textos que, si salen a la luz, podrán avergonzar a más de uno por su carácter con frecuencia mucho antes elogioso que negativo.

Hacen daño esas personas que proclaman las glorias del Villamarta sin haberse molestado en acudir a otros teatros no ya para realizar comparaciones, sino por el mero placer de la escucha; y cuando lo hacen no es sino para echar por tierra lo que ven para así sentir reafirmada la “grandeza jerezana”, cuando en realidad la programación del Villamarta es satisfactoria por sí misma y no necesita desvestir a otro santo para vestirse a ella misma.

Hacen daño los tejemanejes de ciertos artistas y agencias que se afanan por imponer la contratación de determinados músicos peor que mediocres a cambio de la presencia de tal o cual estrella, arruinando una producción que de otra forma podía haber salido bien. Una circunstancia que siempre se ha dado y se seguirá dando en el mundo de la lírica, pero que no por ello deja de ser censurable. Por eso hace daño, también, que quienes tienen el deber de criticar públicamente  tales actitudes -ya que tanto dicen amar nuestro escenario-, no sólo no lo hagan sino que encima busquen granjearse la amistad de tales figuras estelares, quizá por aquello de que “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Y hacen daño, finalmente, quienes intentan imponer una verdad única sobre lo que vemos y escuchamos, la verdad que les hace sentirse cómodos, la de un triunfalismo acrítico y provinciano que se desarrolla en el caldo de cultivo del narcisismo, la autocomplacencia y la adulación. Hacen mucho daño, sí, quienes ningunean, ridiculizan públicamente, censuran en lo profesional  e intentan callar la boca a quienes de manera independiente y objetiva, esto es, sin tener vínculos ni profesionales ni de estrecha amistad con el entorno del teatro y sin haber participado en sus producciones, luchan por aportar su propia opinión. Una opinión todo lo discutible que se quiera, expresada con mayor o menor acierto, pero sincera, razonada y basada en experiencias previas; una opinión que pueda servir a otras personas a pensar, tal vez a descubrir cosas nuevas, quizá a reafirmarse en sus propias convicciones, posiblemente a debatir mediante sana polémica y, en definitiva, a disfrutar más con los espectáculos que vemos en nuestro Villamarta y con el arte de la música en general.