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Número 76º - Mayo 2.006


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LULÚ, O LA MADUREZ DEL MAESTRANZA

Sevilla, Teatro de la Maestranza. 14 de mayo de 2006. Berg: Lulú. Marisol Montalvo, Anne Gjevang, Barbara Baranowska, Eduardo Santamaría, Jürgen Freier, Robert Künzu, Sigfried Vogel, Jan Buchwald, Gustavo Peña, Rainer Zaun. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dirección musical: Pedro Halffter. Dirección escénica: Werner Lahnsteiner, sobre la idea original de Willy Decker. Producción escénica de la Staatsoper de Viena.

Por Fernando López Vargas-Machuca.

   

Ante todo hemos de congratularnos de que, tras quince años de conservadurismo en su programación lírica, el Maestranza se haya decidido a llevar a escena Lulú. Sus actuales responsables aciertan al plantear que un teatro financiado con dinero público tiene como obligación no sólo satisfacer la demanda ya existente intentando ofrecer los mejores niveles de calidad, sino también cultivar los paladares para degustar manjares más selectos y exquisitos, lo que significa dar a conocer la excelencia de aquellas creaciones a las que un sector del público puede mostrar una actitud poco receptiva pero que han alcanzado ya una categoría consensuada de obra maestra. Es el caso de la inconclusa ópera de Alban Berg, sin la menor duda una de las más originales, creativas y hermosas creaciones de toda la historia del género. Que quedaran butacas vacías, que ciertos aficionados "de toda la vida" mentaran al finalizar la función el árbol genealógico del compositor austriaco, que otros abandonaran la representación en el intermedio y que incluso algunos organizaran su particular boicot no debería importar lo más mínimo, pues sin duda han de ser muchos más los que han quedado "tocados" por la perturbadora belleza de esta obra singular. Llevar a escena esta obra fundamental era necesario para un teatro como el Maestranza y para una ciudad como Sevilla, por otra parte tan asociada en la literatura, la ópera y el cine a "mujeres fatales".

Nuestros aplausos han de ser aún más calurosos por el espléndido nivel alcanzado en una obra tan excepcionalmente difícil de interpretar, toda una prueba de fuego para valorar la madurez de un centro lírico. Tras la mediocridad musical de las anteriores Salomé, Manon y Sonámbula -el olvidable Don Quijote de Manuel García no era producción propia- todo parecía apuntar a que íbamos a cerrar la peor temporada operística del teatro sevillano, y que con Pedro Halffter se rebajaba aún más el nivel de calidad tras el ya apreciable descenso sufrido con la marcha del director de producción Giuseppe Cuccia (quien por cierto manifestó en tiempos su rechazo a llevar a escena Lulú en una ciudad como Sevilla). Sin embargo, con esta producción el Maestranza ha recuperado el buen pulso y se ha situado a un nivel digno de cualquier importante teatro de ópera europeo. Lo paradójico es que ha sido precisamente Halffter, batuta responsable del fracaso del citado título de Strauss que abrió la temporada, quien ha llevado a muy buen puerto la parte musical de la velada.

Y es que, apreciado lector, el irregular e imprevisible director madrileño dirigió francamente bien el complicadísimo título de Berg. Eso sí, fue la suya una dirección más lírica que expresionista, lo que puede quizá no ser la opción ideal para quienes prefieran un tratamiento más nervioso y violento, con más aristas y mayores contrastes, si bien tampoco Lulú es Wozzeck. En cualquier caso la claridad y la plasticidad del entramado orquestal, el control absoluto de la dinámica (que hubiéramos querido más amplia, pero no se podía sepultar a los cantantes), el rico y seductor despliegue tímbrico, el buen pulso mantenido a lo largo de toda la velada y, sobre todo, el excepcional vuelo poético de que hizo gala garantizaron la excelencia de los resultados. Con ella tuvo también mucho que ver la sobresaliente labor de la Sinfónica de Sevilla en una de las mejores noches que se le recuerden: cuerda aterciopelada y de rotundo sonido grave, maderas excelentes, percusión de gran virtuosismo y metales con alguna que otra pifia pero en cualquier caso solventes y empastados. Todas las secciones respondieron con admirable precisión e incontestable musicalidad a las indicaciones de la cálida, sincera y emocionante batuta. Una noche gloriosa para Halffter y -más aún quizá- para la ROSS, que recibió muy justamente los mayores aplausos. ¿Cuántos teatros españoles pueden presumir de contar en su foso con un instrumento así?

La neoyorquina -de ascendencia puertorriqueña- Marisol Montalvo tiene como principal limitación una voz de muy escaso volumen; nos consta que desde algunas butacas del teatro a veces no se la escuchaba con claridad. Las notas sin embargo las da, más las agudas que las graves. A veces con visible esfuerzo, pero las da. Y eso en un papel tan terrorífico e imposible desde el punto de vista técnico no es poco. Su visión del personaje es por otra parte muy interesante, ofreciendo una Lulú antes víctima que verdugo (por ejemplo, en la manera en que le dice a Alwa aquello de "yo envenené a tu madre"); si la joven termina siendo cruel y manipuladora no será por malevolencia, sino por la amoralidad e inmadurez a la que la ha condenado una sociedad ferozmente machista. Si a lo dicho añadimos que la dicción es clara, que el estilo canoro es irreprochable, que se mueve con soltura en escena y que posee un cuerpo escultural (fue candidata a Miss América por el estado de Nueva York), físico que por cierto no tuvo reparo en exhibir generosamente, comprenderemos que ha contado el Maestranza con una Lulú como pocas debe de haber en el panorama lírico. Tuvo además la inteligencia de dosificar sus recursos vocales para dar lo mejor de sí misma en el segundo acto, y sobre todo en la fundamental escena ("aria" incluida) de su trágico enfrentamiento con el Doctor Schön.

Este personaje clave, desdoblado al final de la ópera en Jack el Destripador, estuvo magníficamente servido en vocalidad, en estilo y en credibilidad dramática por Jürgen Freier, uno de los miembros estables de la barenboiniana Staatsoper berlinesa. Y de allí también venía el veteranísimo Sigfried Vogel, un nombre bien conocido desde hace lustros para todos los aficionados a la ópera alemana; salvando unos engolamientos justificables por su avanzada edad, lució poderío vocal, tablas envidiables y un dominio absoluto del papel de Schigolch. Por no hablar de su paciencia con las exigencias de la regie, que le obligaba a salir y entrar de escena por unas escaleras de mano que le resultaban manifiestamente fatigosas. Sensacional la mezzo Barbara Baranowska en el papel del joven colegial, algo corto de volumen pero en todo caso muy convincente el Pintor de Eduardo Santamaría, sólido el Rodrigo de Jan Buchwald (que abría la velada como un domador de fieras no todo lo circense que podía haber sido) y más que correcto el Príncipe de Gustavo Peña. Flaquearon un poco, ay, dos personajes importantes: el Alwa de Robert Kunzü, tenor de voz abierta y algo corto de matices aunque solvente, y la Geschwitz de la prestigiosa y veterana Anne Gjevang, bien de voz y muy sincera en lo expresivo pero tosca en ese célebre "Lulu! Mein Engel!" final que es, dicho sea de paso una de las más incendiarias, arrebatadoras, trágicas y desesperadas declaraciones de amor que jamás se han escrito para un teatro de ópera. Por fortuna ese crucial momento, el del asesinato de Lulú y la Condesa, contó con una puesta en escena escalofriante que suplió las limitaciones canoras.

Y llegamos así a lo mejor de la función: la portentosa producción escénica que Willy Decker preparara en su momento para nada menos que la Staatsoper de Viena, y que aquí ha estado muy bien materializada por un Werner Lahnsteiner bajo cuyas órdenes todos los cantantes se mostraron como notables actores. Decker plantea un escenario semicircular, a la manera de la arena de un anfiteatro o una plaza de toros (la Maestranza está al lado, apuntaba Halffter), alrededor del cual se dispone un elevado graderío donde una serie de siniestros figurantes masculinos van siguiendo las evoluciones del drama; los diferentes personajes se incorporan a la acción a través de las escaleras de mano arriba citadas que salvan el desnivel entre los dos espacios. El público queda, no es esto originalidad alguna en el mundo teatral, incorporado a la acción como prolongación natural del citado graderío, de tal manera que cuando multitud de policías apuntan a la protagonista tras haber asesinado al Doctor Schön, o cuando todos los figurantes bajan para acompañar al Destripador en el momento en el que acuchilla a la joven, los espectadores -al menos los espectadores masculinos- se sienten cómplices de la barbarie. Por lo demás la acción se desarrolla con fluidez, sin caídas de tensión, sin salidas de tono para llamar la atención y sin histerismos ni carreritas gratuitos de esos que están tan de moda. La escenografía y los figurines de Wolfgang Gussmann resultan irreprochables y la luz contribuye con acierto a la creación de los distintos ambientes. Muy especialmente en el diseño de una escena final, ya lo dijimos, de verdadero escalofrío: que Lulú busque en el que va a convertirse en su asesino antes cariño que dinero (¡cómo se aferra desesperadamente a él!) resulta de lo más revelador para entender al personaje.

Una última cuestión. Para disgusto de muchos, Halffter ha ofrecido no la versión en tres actos sino la original en sólo dos tal y como la dejara Alban Berg en el momento de su fallecimiento, más el habitual añadido de los dos últimos números de la suite orquestal para ilustrar la muerte de Lulú. La decisión la argumenta con evidente conocimiento de causa José Luis López López en el libreto editado por el Maestranza. Pues bien, aun reconociendo que en la versión completada por Cerha el nivel musical y la tensión dramática decaen un tanto en el primer cuadro del acto tercero, y respetando las argumentaciones del citado catedrático, me parece un completo error tal opción: la cuidadosa estructura simétrica y piramidal -con vértice en el asesinato del Doctor Schön- diseñada por el autor se desintegra y la obra pierde inteligibilidad. Al menos, y en lugar de superponer a los dos números orquestales del epílogo sólo las líneas vocales de la Condesa Geschwitz  (como se ve por ejemplo en las versiones discográficas de Böhm y Dohnányi), también se incluyeron las correspondientes a la protagonista y el Destripador, lo que le da mucha mayor fuerza a la acongojante escena. Y ya no vamos a poner más reparos a esta globalmente soberbia representación de semejante obra maestra, una de las más emocionantes noches de ópera que el autor de estas líneas ha vivido en Sevilla. Una producción que marca por fin, tras muchos meses de altibajos y vacilaciones, la consecución de una primera madurez para el Maestranza. Que sigan las cosas por este camino.

Fotografías: Guillermo Mendo

Web del Maestranza: www.teatromaestranza.com