Revista mensual de publicación en Internet
Número 44º - Septiembre 2.003


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PIRATAS DEL CARIBE, La Maldición de la Perla Negra - Klaus Badelt

Por Joaquín R. Fernández

 

El productor Jerry Bruckheimer no se distingue precisamente por cuidar la calidad de las partituras de sus películas. De hecho, en este verano que ya termina se ha visto envuelto en dos curiosas polémicas relacionadas con el mundo de las bandas sonoras; así, los compositores de "Dos Policías Rebeldes 2" y "Piratas del Caribe, La Maldición de la Perla Negra" abandonaron sendos proyectos a causa de las diferencias creativas que mantuvieron con Bruckheimer y atosigados por la carencia de libertad a la hora de desarrollar sus trabajos. En el caso que nos ocupa, esto es, la recuperación de un género, el de piratas, que tantos sinsabores ha dado últimamente en la taquilla, fue Alan Silvestri el sustituido, seguramente debido a que su música no era lo suficientemente ruidosa para los gustos del máximo impulsor de productos como "Nueve Días" o "60 Segundos".

Con el apoyo del omnipresente Hans Zimmer, Klaus Badelt lo reemplazó a última hora, brindando a tan costosa producción una banda sonora que contiene todos los tópicos posibles del estilo Media Ventures, ese que el propio Bruckheimer ha ido fomentando con sus filmes repletos de testosterona y escaso intelecto. A priori, uno desearía escuchar una música orquestal que recuperara el carisma de Erich Wolfgang Korngold en "El Halcón del Mar", pero vistas las circunstancias y sabiendo que Badelt dispuso de muy poco tiempo para realizar su cometido, podemos darnos por satisfechos con lo que finalmente nos encontramos.

La previsibilidad es la nota dominante de la partitura, siendo sus mixturas harto conocidas, tal y como se puede comprobar en «The Medallion Calls» o «The Black Pearl». Ambas piezas bien podrían aparecer, por ejemplo, en cualquier cinta de acción moderna. Los fragmentos que más se asemejan a lo que podríamos llamar «música de piratas» se encuentran diseminados por algunos cortes del disco, como el comienzo de «Fog Bound» o la parte final de «Walk the Plank». El misterio que da título a la cinta, esa indeseable maldición que transforma en esqueletos a los piratas que robaron el tesoro de Cortés, se condensa con acierto en «Underwater March».

Ahora bien, no es conveniente realizar un análisis de esta partitura -o de cualquier otra- escuchando únicamente el compacto que contiene la banda sonora, pues en éste aparece sólo una pequeña porción del trabajo del compositor y una serie de temas seleccionados que crean una sensación de repetición que no se da viendo la película. La música de Badelt es un eficaz acompañamiento de las imágenes de Gore Verbinski, siendo sus fragmentos intimistas verdaderamente agradables (de hecho, sirven para
otorgarle un adecuado y clásico tono romántico a la relación entre Will y Elizabeth). Desgraciadamente, estos momentos son casi obviados en esta edición discográfica de "Piratas del Caribe, la Maldición de la Perla Negra". La atracción que sienten los protagonistas es puntuada con esmero por el aventajado discípulo de Hans Zimmer, algo que se puede comprobar en los segundos finales de «Fog Bound». Poco más encontrará el lector al respecto en el disco, y si lo hay se halla disperso a lo largo del mismo, pero en principio recomendaría también la parte final de «One Last Shot», otra nueva muestra de las esbeltas melodías que sazonan el filme.

Por supuesto que hay piezas controvertidas, como «Swords Crossed», una retahíla de sintetizadores que causará más de un dolor de cabeza en algunos; para contrarrestarlo, el oyente también encontrará algún que otro momento de mayor sosiego, como el minuto inicial de «Blood Ritual» o «Moonlight Serenade», una versión más relajada de uno de los temas centrales de la película. Ahora bien, no es esta una banda sonora para disfrutar sin los enérgicos fotogramas del filme, por lo que su valoración tampoco sería justa si nos olvidáramos de la función que cumple dentro del mismo. No hay pretensiones en su desarrollo y tan sólo parece un ameno divertimento que nunca se toma en serio a sí mismo, de ahí que su goce en solitario tan sólo se produzca en aquella persona que esté predispuesta a ello.