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Número 37º - Febrero 2.003


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La primera representación de una ópera de Richard Wagner en España.

1876: RIENZI en Madrid.

Por Francisco Javier Gordillo . Editor de archivowagner.net

AGRADECIMIENTOS: a los Doctores Sven Friedrich y Günther Fischer, de Bayreuth.



Madrid, 1876. Ya hace un año que el joven rey Alfonso XII hizo su entrada triunfal en la capital coronada. Comienza la Restauración y con ella la Constitución que más años ha estado vigente en España. El Teatro de la Ópera Nacional vuelve a llamarse Teatro Real; así lo inauguró su madre, Isabel II, el día de su onomástica, en 1850.

Teodoro RoblesEl empresario que lo gestiona desde 1869 se llama Teodoro Robles. Lo que iban a ser dos años forzosos más tres voluntarios acabaron convirtiéndose en diez temporadas al frente del coliseo. Valga como resumen de su gestión: «Trajo a los artistas más estimados y ovacionados del continente (...) dio a conocer obras tan nuevas y discutidas como Aida y Rienzi. Robles había cargado con el mochuelo del Real en circunstancias bien desastrosas, y, no obstante sufrir grandes pérdidas, lo mantuvo abierto cuatro o cinco temporadas en los años de máxima inquietud. Posteriormente, la rueda de la fortuna le fue más favorable, con lo cual se desquitó de las pérdidas anteriores. Desde el punto de vista administrativo, fue un empresario modelo. ¡Con decir a usted, mi desconocido lector, que ni una sola vez, al concluir la quincena, dejó de satisfacer las crecidas nóminas del personal!... No todos lo hubieran hecho así; más aún: alguno dejará de hacerlo así después...» (Subirá 1997:281).

Desde su tribuna de El imparcial Antonio Peña y Goñi comienza a explicar a la afición madrileña la importacia de Ricardo Wagner y el modesto papel que en ella juega Rienzi. Además, ha traducido el libreto y lo ha prologado con una somera biografía del músico-poeta: «Ricardo Wagner ha hecho más de lo suficiente para figurar en lugar sobresaliente en la historia del drama lírico. La vigorosa savia que el gran maestro sembró con mano pródiga, fructificará tarde o temprano. Muchos de los que vituperaban a Wagner, se vuelven hoy hacia él; a muchos artistas eminentes se ha impuesto el autor de Rienzi. ¿Quién sabe si Wagner, el loco, acabará como Beethoven, el bárbaro?» (R. Wagner 1875:20).

Semanas después del estreno recordará la situación de la música del porvenir en Madrid antes de estrenarse el Rienzi: «Wagner era una fantasmagoría; un ser sobrenatural, especie de Ante Cristo, que ejercía sobre la masa general del público la atracción de lo desconocido. (...) Los músicos, en su inmensa mayoría, lo maltrataban sin conocerlo; forjaban acerca de sus obras (que no conocían) los cuentos más absurdos (...) y lo presentaban como antítesis de todo lo bello, como negación de todas las reglas fundamentales del arte, en una palabra, la música del porvenir, estaba por completo fuera del alcance de la generación presente; era una constante cacofonía, una serie no interrumpida de disonancias: no era música.» (La España Musical, Año XI, nº11, 25-III-1876, p.3, copiado de El Globo).


Afortunadamente, ya existía un grupo de iniciados que no se dejaron convencer por las crónicas interesadas y barbaridades de todo tipo que llegaban de Italia y Francia; hablamos de José de Castro y Serrano, Antonio Peña y Goñi, Félix Borrell, Eduardo Muñoz, Lahrdy, Gabriel Rodríguez, Félix Arteta y Valentín Arín ente otros. «No estaba solo en esta iniciación, y en estos, no diré entusiasmos, sino curiosidades de primera hora. Comenzaba en Madrid a sonar, piano y con sordina, el nombre de Wagner. Los fragmentos ejecutados en los conciertos, eran gustados y aplaudidos por una minoría insignificante, pero minoría que, ¡por qué no decirlo!, después de estudiada, representaba la parte más exquisita, más culta de los aficionados» (Borrell 1912:11). «Wagner, como se ve, ganaba terreno, pero lo ganaba el sinfonista. El Wagner completo, el verdadero Wagner, quedaba en la sombra. (...) La olla de grillos, la ensalada de cangrejos y demás chistes con que se combatía al maestro, satisfacían poco a los aficionados sensatos. Se reían, pero no quedaban convencidos» (Peña y Goñi, LEM XI, 12, 1-IV-1876, p.1).

Algunos comentarios, ya célebres, de los críticos madrileños antiwagneristas (Isidoro Fernández Flores y Luis Carmena y Millán fundamentalmente)con motivo del estreno de Rienzi: «Para escribir una ópera este músico alemán necesita hacer el libro, luego la música y después... ¡el público!». «Dicen los admiradores de Wagner, que se vale con provecho de la orquesta para caracterizar las situaciones dramáticas. No negamos el hecho, pero no es él el primero que usa el procedimiento. Meyerbeer, Rossini, Donizzetti, todos los grandes maestros lo han usado antes que él con innegable gloria. Wagner conoce el instrumental, sabe manejarlo, pero en el deseo de hacer algo nuevo, ya que en originalidad de efectos no puede exceder a Meyerbeer y Weber, busca la novedad en la acumulación de masas orquestales. Desde el punto de vista instrumental, no es posible ir más allá de donde ha llegado Meyerbeer. Dar un paso más y complicar los procedimientos, es romper el equilibrio, es irse al precipicio.» (Borrell 1912:13). «Entrada, por cualquiera de las puertas. Salida..., por donde se pueda. Se suplica el revólver. (...) Un perspicaz crítico defendió la obra, pero no sin advertir que las mejores melodías de Rienzi habían sido robadas a Gounod..., ¡a aquel Gounod cuyas primeras obras habían venido al mundo, cuando ya rodaba por él este fruto juvenil de Wagner.! (...) Otro, pasándose de enterado y de perspicaz, sostuvo que Rienzi estaba considerada como la mejor ópera de Wagner, y añadió, como quien da un escopetazo a quemarropa: “Si esta es la mejor, ¿cómo serán las demás?” » (Subirá 1997:258-259).

Juan Daniel SkoczdopoleNos acercamos a la fecha del estreno, el corresponsal de La España Musical nos pone al corriente de la esperada producción: «Personajes.-Nicolás Rienzi, notario pontificio, señor Tamberlik.-Irene, hermana suya, señorita Spaak.-Stéfano Colonna, jefe de la familia Colonna, Sr. Ordinas.-Adriano, hijo suyo, señora Pozzoni-Anastasi.-Pablo Orsini, Sr. Roudil.-Raimundo, legado papal, Sr. David.-Baroncelli, ciudadano romano, Sr. Santos.-Cecco de Vechio, id. id., Sr. Ugalde.-Un mensajero de paz, señorita Ferrari.-Embajadores lombardo, napolitano, florentino, bávaro, bohemio, húngaro, nobles romanos, pajes, caballeros burgueses, mensajeros de paz, sacerdotes, monjes, soldados, guardias del pontificado, heraldos y pajes de Rienzi, conjurados, senadores, lictores y pueblo romano.-Coro de ambos sexos, banda, bailarines, figurantes y comparsa.

Para esta obra se estrenan cinco decoraciones de los señores Busato, Bonardi y Valls; 600 trajes construidos por el señor París, y todo el atrezzo y accesorios por los Sres. Bueno y Nieto. Madrid 2 de febrero de 1876» (LEM, XI, 4, 5-II-1876, p.3-4). Dirigió el querido y admirado maestro hispanizado Juan Daniel Skoczdopole.

Consignemos el debate que existía entre los aficionados sobre el estado vocal de E. Tamberlick del que ya hablaba, sin los sarcasmos que recoge (Subirá 1997:254-255), un crítico barcelonés en 1868: «La voz de Tamberlick que en aquella época [1847-1850] era robusta, bien timbrada y sonora, ha perdido ya bastante de la tersura, sonoridad y espontaneidad de otro tiempo; y sobre ser generalmente temblona y más en los puntos agudos que en los graves, en estos y en los medios es bastante apagada. Como su vocalización se resiente algo del cansancio de su órgano vocal, deja oir cierto roce en la garganta de mal efecto. Sin embargo, la voz de Tamberlick una extensión poco común pues pues alcanza hasta el do diesis de pecho en los agudos; nota vibrante y rotunda que dá con valentía y causa grande efecto.» (Reproducido en LEM, V, 218, 28-IV-1870, p.2 )

Antonietta Pozzoni AnastasiY llegamos al día W: el 5 de febrero de 1876. Así describió Benito Pérez Galdós, diez años después, en Fortunata y Jacinta, la noche del estreno: «fue al teatro Real de muy mala gana. (...) Mal humorada y soñolienta, deseaba que la ópera se acabase pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga, música excelente según Juan y todas las personas de gusto, pero que a ella no le hacía maldita gracia. No lo entendía, vamos. Para ella no había más música que la italiana, mientras más clarita y más de organillo mejor. (...) Al llegar al cuarto acto, Jacinta sintió aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le veía. ¿En dónde estaba? Pensando en esto, hizo una cortesía de respeto al gran Wagner, inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo último que oyó fue un trozo descriptivo en que la orquesta hacía un rumor semejante al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las noches de verano. Al arrullo de esta música, cayó la dama en sueño profundísimo, uno de esos sueños intensos y breves en que el cerebro finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. (...) Tardó un rato en darse cuenta de dónde estaba y de los disparates que había soñado, y se echó mano al pecho con un movimiento de pudor y miedo. Oyó la orquesta, que seguía imitando a los mosquitos, y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melómano, con la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta, oyendo y gustando con fruición inmensa la deliciosa música de los violines con sordina. Parecía que le caía dentro de la boca un hilo del clarificado más fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro éxtasis. Otros melómanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya había concluido el cuarto acto y Juan no parecía.». (Pérez Galdós 1950:86-87).

Tras el interludio literario, volvamos a la realidad. Extractaremos primero la crítica del corresponsal de La España Musical y ya, a toro pasado, los comentarios de Antonio Peña y Goñi para El Globo, que hemos citado anteriormente.

«Tomo la pluma poseido de una satisfacción que no trato de disimular. (...) La menos revolucionaria de las obras de Ricardo Wagner ha sido estudiada, ensayada y presentada con la conciencia que requería la magnitud de la empresa. Nadie ha escatimado su concurso para la consecución de un éxito que hoy, después de la segunda representación de Rienzi, está ya completamente afirmado y garantido, y digo desde la la segunda representación, porque si bien es indudable que en la primera la ópera wagneriana fue recibida con evidente agrado casi siempre y en ocasiones con caluroso entusiasmo, es lo cierto que podía quedar alguna duda sobre el concepto definitivo que el bajo, el mediano y el alto tribunal llamado público tendría a bien formar de la obra. (...) Así, el andante que precede el final del acto segundo fue acogido con grandes demostraciones de simpatía, y la Pozzonni la Spaak y Tamberlik se vieron objeto de una ovación grandiosa cuando, después de caído el telón, el público les llamó al palco escénico tres veces consecutivas. (...) A evitar la larga y para muchos fatigosa duración de la obra tal como la escribió el gran maestro alemán, se dirije la proposición del Sr. Peña y Goñi. (...) Madrid ha dado, pues, un gran paso en el camino del arte. (...) Reciban mis parabienes: el empresario Sr. Robles, por su empuge; el director de orquesta Sr. Skockdopole, por su fervor; los cantante del Teatro Real por su buena voluntad; los profesores de la orquesta por su aplicación; el público, en general, por su cultura y la crítica, en particular, por su sensatez» (Madrid, 6-II-1876. LEM, XI, 5, 12-II-1876, p.3-4).

Esta crítica contrasta con la respuesta que al maestro Bretón le dio un contrabajista de la orquesta al preguntarle por Rienzi: « “Estamos locos; no le diré a usted más sino que yo, muchas veces, en vez de dar un si bemol, doy un la o un mi..., y no hay quien lo note, porque en esta música es igual dar una nota u otra nota”. Esa declaración ingenua y concluyente hace pensar que se darían muchas notas falsas sin que lo advirtiera nadie» (Subirá 1997:258).


Recordemos ahora El Rienzi de Ricardo Wagner y la música del porvenir de Antonio Peña y Goñi que La España Musical reprodujo de El Globo entre el 25 de marzo y el 29 de abril de 1876.

«Es imposible formarse idea de la curiosidad grandísima, del inmenso interés que el solo anuncio de una ópera de Wagner despertó en el mundo filamónico de Madrid; es imposible dar cuenta de las polémicas de todo género, de las conversaciones, de las disputas a que ha dado lugar la obra, antes de la representación, en la representación y después de la representación. (...) Desde el momento en que el Rienzi está despojado casi por completo (y aun sin casi) de las atrevidas innovaciones que el célebre revolucionario de Leipzig ha introducido en el drama lírico, natural era que el público sintiera, al escuchar la ópera, un grande y marcado, sino total, desencanto. (...) El éxito del primero y segundo acto del Rienzi me probó que estaba en lo firme al temer el desencanto del público, cuando se viera en presencia de la obra de Wagner. Sabido es que el final del acto segundo produjo uno de esos escándalos de entusiasmo, de los que ha habido muy pocos ejemplos en nuestro teatro Real. Pero para desautorizar a Wagner había un precioso argumento que siempre llevan en el bolsillo los refractarios a la música del maestro.

-Tal pieza, exclama un aficionado de corazón, me conmueve, me entusiasma.

-¡Ya lo creo! Replica inmediatamente el primer antiwagnerista. ¿No ha de gustarle a V.? ¡Cómo que en esta pieza hay armonía y hay melodía! ¡Cómo que esa pieza no es de Wagner!.»

A este antiwagnerista no le faltaba razón. Este final no era de Wagner. Fue un arreglo sugerido por Antonietta Pozzoni y Enrico Tamberlinck y realizado por los maestros Skoczdopole y Vázquez.

Sigamos con la crónica de A. Peña y Goñi: «(...) “¿Es esta la música del porvenir? ¿Es esta la música tan rara y tan incomprensible? ¿Es este Wagner el visionario, Wagner el loco?”. Tales eran las frases que corrían de boca en boca [en el segundo entreacto].

(...) ¿Qué sucedió en el acto tercero? ¡Desdichado acto!. Voy a decirlo. Empezó admirablemente; la Sra. Pozzoni excitó grandísimo entusiasmo al ejecutar su aria, con un fuego y una pasión dignos de la gran artista. La explosión del público fue grande, imponente. Los aplausos sonaron con insistencia, y la Sra. Pozzoni obtuvo una verdadera y merecida ovación.

Pero este es el anverso de la medalla; ahora entra el reverso. Se presentó la banda en escena acompañada de cuatro cajas claras; unida con la orquesta, cayó como una avalancha sobre los oídos de los espectadores. (...) Los coros, cortos en número y escasos en facultades, a consecuencia del trabajo inmenso que soportan ¡infelices! Con sobrada resignación, desaparecieron completamente anonadados, aplastados por aquel huracán de sonoridad. (...) Los pobres coros se esforzaban vanamente en desempeñar su cometido, y desgañitábanse para hacerse oir. ¡Desgraciados! Hubiérales valido más hacer lo que en lenguaje de bastidores de llama el bardo, es decir, no cantar.

¿Cómo era posible que sus reducidas voces lograran traspasar aquella impenetrable frontera enemiga, erizada de fusiles, cñones, trombas y tambores?. (...) El contraste quedaba destruido y, lejos de oirse en lontananza, y como traído por el viento, así reza la partitura, el estruendo de la batalla, esta se verificaba, o poco menos, en presencia del público.

Abreviemos. El acto terminó con la mayor frialdad y en medio de un desagrado casi general, que luego ha ido mitigándose poco a poco, hasta desaparecer por completo, si ha de juzgarse por el éxito que ha tenido en las representaciones sucesivas de la obra, y a sonsecuencia seguramente de haberse puesto algún freno a la sonoridad.

El ruido del acto tercero influyó sin duda mucho en el público, puesto que el magistral silencio que Wagner ha compuesta para el cuarto acto de su Rienzi, pasó desapercibido. El contraste era demasiado dulce, sin duda. Después se han ido apercibido de ese silencio muchos aficionados y no hay pocos que se van fijando y lo encuentran admirable.

En el quinto acto ocurrió también un incidente digno de relatarse y de tenerse en cuenta. Después del delicadísimo preludio en sonoridades medias que precede a la plegaria, cantó Tamberlinck este inspirado trozo musical de un modo que solo es dado hacerlo hoy al incomparable artista: tal fue la expresión tiernísima, los acentos conmovidos que supo arrancar de su gran corazón. Terminó la pieza sin ruido, sin vocalizaciones, sin bis ni dos de pecho, sin vulgaridades, en una palabra, y el artista dejó la escena y salió en medio de un silencio glacial.

Pero la reacción no tardó en hacerse en el público, y éste hubo por fin de darse cuenta de que acababa de escuchar una sublime página musical, cantada por Tamberlinck de un modo sencillamente sublime.

Aplaudió, pues, con entusiasmo, y el gran cantante fue objeto de una ovación algo tardía, pero justa, y que se repite expontaneamente cuantas noches hasta hoy se ha ejecutado el Rienzi.

El final de la ópera, que pertenece a un género instrumental descriptivo, quizá demasiado crudo, produjo poco efecto; pero la plegaria resonaba todavía en todos los oídos cuando cayó el telón; así es que el Rienzi terminó bajo favorables auspicios, dejando en la mente del espectador el recuerdo de una de las mejores piezas de la obra.»

Carta de Richard Wagner a Teodoro Robles«Telegrama de Madrid, allí se ha representado Rienzi con gran éxito» (C. Wagner 1976:969). Con esta anotación en el diario de Cosima Wagner, dos días después del estreno, comenzamos la historia menos conocida del Rienzi madrileño. El empresario, eufórico, escribe a Richard Wagner, ya instalado en Bayreuth y en plena vorágine nibelunga. «Ayer primera representación de Rienzi en el Teatro Real con gran lujo y esplendor. Gran éxito de la puesta en escena para la Ópera y los artistas, sobre todo para Tamberlick y Madame Pouzzoni. Felicito al gran Maestro. Teodoro Robles, director. 6-II-1876» (C. Wagner 1976:1238). Gracias a este telegrama, Teodoro Robles se ha convertido en uno de los pocos españoles (el segundo y penúltimo según los documentos conservados) que recibieron una carta de Richard Wagner. Efectivamente, Wagner respondió al empresario del Teatro Real, por desgracia el paradero de la carta, si todavía existe, no nos es conocido; conservándose únicamente el sobre de la misma en el Archivo de Bayreuth. Tiene el número 9008 de su catálogo epistolar (Breig, Dürrer y Mielke 1998:683).

A pesar del entusiasta telegrama y de los esfuerzos de A. Peña y Goñi, tanto el público como el empresario, que preparaba Tannhäuser para la temporada siguiente, creyeron que la música del porvenir era como Rienzi y los aficionados madrileños tuvieron que esperar cinco años y un nuevo empresario para ver de nuevo una obra de Wagner: Lohengrin, pero ésa es otra historia.


APÉNDICE.

El otro Rienzi.

Al mismo tiempo que se representaba Rienzi en el Teatro Real, se anunció oficiosamente Rienzi el Tribuno en el Teatro del Circo como traducción del primero. En realidad, se trataba de una obra original de la joven poetisa Srta. Rosario de Acuña, drama en dos actos y un epílogo escrita en endecasílabos por la maestrina del porvenir, según la prensa del momento. Esta obra consiguió, para satisfacción de la autora y de la empresa, dieciséis representaciones, la última, a beneficio del actor Rafael Calvo.

Para saber más sobre esta escritora: http://centros5.pntic.mec.es/ies.rosario.de.acuna/



REFERENCIAS Y BIBLIOGRAFÍA.

  • Borrell, Félix. El Wagnerismo en Madrid. Asociación Wagneriana de Madrid, 1912.

  • Breig, Werner. Dürrer, Martin y Mielke, Andreas. Chronologisches Verzeichnis der Briefe von Richard Wagner. Wagner-Briefe-Verzeichnis WBV. Breitkopf & Härtel, Wiesbaden 1998.

  • Gómez Amat, Carlos. Historia de la música española. Siglo XIX. Alianza Editorial. Madrid, 1988. 2ª edición.

  • Pérez Galdós, Benito. Obras Completas. Tomo V. Aguilar S.A. de Ediciones. Madrid, 1950. 2ª edición.

  • Subirá, José. Historia y anecdotario del Teatro Real. Acento Editorial y Fundación Caja de Madrid. Madrid, 1997. (Esta edición reproduce la de Editorial Plus Ultra. Madrid, 1949).

  • Torres Mulas, Jacinto. Las publicaciones periódicas musicales en España (1812-1990). Instituto de Bibliografía Musical. Madrid, 1991. 2ª edición ampliada.

  • Wagner, Cosima. Die Tagebücher. Band I 1869-1877. R. Piper & Co. Verlag, München 1976.

  • Wagner, Ricardo. Rienzi. Grande Ópera Trágica en cinco actos. Versión castellana, precedida de la biografía del célebre maestro, por Antonio Peña y Goñi. Andrés Vidal (hijo) Editor. Madrid, 1875.


REVISTAS.

  • La España Musical. Semanario artístico. Editor-propietario: Andrés Vidal y Roger. Director: Antonio Opisso y Viñas. Año 1876.


CARTAS.

  • Del Dr. Günther Fischer al autor de este artículo. Bayreuth, 18-IV-2002.