Revista mensual de publicación en Internet
Número 35º - Diciembre 2.002


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LEYENDA NEGRA DE LA MÚSICA CLÁSICA EN ESPAÑA

Por Daniel Mateos MorenoLee su Curriculum.

  Hace ya tiempo que no escribía un artículo de opinión para Filomúsica. Dado que en Filomúsica se publican muchos y muy diferentes tipos de artículos, algunos bastante científicos, no pretendo que estas reflexiones pasen de ser unas humildes opiniones personales. Sin embargo, hablaré no sólo de mi propia opinión/experiencia, sino de la opinión de otros músicos que me cuentan sus vivencias personales y que curiosamente coinciden con las mías propias. Pido disculpas a aquellos que se sientan heridos por mis comentarios, y citaré a Groucho Marx: "Estos son mis principios. Y si no les gustan, tengo otros".

En cualquier caso, hago notar que en este artículo nunca se generaliza (al menos no se pretende). Considero fundamentales las inmensas minorías. A ello se debe la continua repetición antiestética de la palabra "algunos".

Me sorprende ver cómo hoy en día quieren hacernos creer que la música clásica en España funciona de maravilla. Alguna culpa de ello la tienen ciertos críticos musicales y otros personajillos que escriben en periódicos locales o no tan locales. Entiendo que les vaya bien, desde el punto y hora que además de ser remunerados por sus artículos, tienen el gran poder de decidir destinos con sus alabanzas o sus críticas.

El verdadero problema es que estos críticos sólo asisten a los conciertos que consideran "importantes", arguyendo consabidas excusas como "No me lo publicarían" o "No tengo tiempo". Absurdas excusas cuando uno sabe de sobra que muchos disponen de columnas fijas donde pueden escribir prácticamente lo que les dé la gana. ¿Cuáles son los criterios para decidir qué es importante y qué no? Muchas veces se basan en sus intereses personales: entrar con acreditación (de gorra) a un concierto de 10.000 pelas la entrada merece tomarse la molestia de hacer a cambio una crítica, antes que asistir a uno de entrada gratuita donde se estrenan obras de compositores jóvenes que necesitan más que nadie el apoyo y empuje de sus ciudades de origen (y sus críticos respectivos).

No son sólo esos críticos: algunos políticos también pretenden convencernos incluso de que la enseñanza musical está por debajo de otras materias, como la enseñanza de la historia de la música. Si hubiera que decidir de manera extrema y categórica: ¿Qué es más importante, saber música o conocer la historia de la música? ¿Saber leer o conocer la historia de la literatura?

Estos mismos políticos son los que financian luego a las entidades musicales-culturales en España (orquestas dependientes de ayuntamientos, diputaciones, Juntas Autonómicas, etc), y por tanto son los que elijen de manera totalmente arbitraria a los directores de orquesta y músicos que más se congracian con sus ideas, o que son "hijos de", o que están ya consagrados. Estos directores de orquesta, a su vez, seleccionan de manera arbitraria las obras que se han de tocar y las que no, y los intérpretes/solistas, formándose así un "tapón" o "filtro" que evita destacar a cualquiera que no pertenezca al movimiento revolucionario (o antirrevolucionario) o que simplemente no sea del agrado.

El mundo universitario, lejos de contrarrestar los poderes anteriores, los alienta. No debe extrañarnos, ya que en ocasiones ciertos profesores universitarios acceden a sus plazas gracias a presiones políticas y amistades. Obsérvese el desdichado caso de Julián Marías, el padre de Javier Marías; ahora que ya es un consagrado escritor y profesor, cierta universidad en España quiere concederle nosequé premio, y como es normal, el autor después de haber dado clases en importantísimas universidades norteamericanas, manda al carajo a su Universidad española, que lo obligó a exiliarse por culpa de la envidia e ineptitud de unos cuantos "catedráticos" y no pudo ejercer en su país como hubiera deseado.

Volviendo al tema que nos ocupa, aunque pueda parecer increíble, los estudios de música en España no son estudios universitarios; son "estudios de enseñanzas artísticas" que tienen como objetivo obtener un "título superior" el cual es "equivalente a todos los efectos al de licenciado", pero NO es un título Universitario ni tampoco es un título de licenciado. En la práctica, esto se traduce en trabas e inconvenientes cuando uno quiere obtener mérito de sus estudios de música para acceder a un puesto de trabajo, y en la incomprensión por el resto de los no-músicos de la dificultad que supone obtenerlos, comparable a cualquier carrera universitaria.

La culpa de esto la tiene en parte la eterna, disparatada y cómica pelea que hay en España entre música y musicología. Algunos musicólogos miran con recelo a los músicos, ya que consideran que su ciencia ("historia y ciencias de la música") es mucho más "científica" y verdadera que la simple y artesanal práctica diaria de un instrumento. Algunos músicos por lo general, lejos de rehuir la pelea, han rechazado siempre cualquier relación interuniversitaria y se han agremiado en manadas de personas con gran especificidad en ciertos temas y grandes carencias culturales.

La solución a este problema concreto es bien sencilla y no requiere un cambio drástico, pero sí un "reconocimiento económico" del estado hacia la música: Convertir los conservatorios superiores en facultades, al igual que se ha hecho con la carrera de Bellas Artes (pintura, escultura, etc) siguiendo el modelo más usado en el extranjero (véase el ejemplo de USA o muchos de Europa). Esto implicaría subir el sueldo a muchos catedráticos de conservatorio, que pasarían a ser catedráticos universitarios. Muchos de los profesores funcionarios de conservatorio ya no serían "asimilados" a enseñanzas medias, sino a enseñanzas superiores (universitarias), pudiendo cobrar sexenios, quinquenios, trienios etc. Por supuesto, estos catedráticos podrían dirigir tesis doctorales o Ph.D. y crear grupos de investigación... ¡¡¡Oh Dios mío, los musicólogos perderían poder!!! Y no sólo ellos acabarían perjudicados, sino también muchos catedráticos de conservatorio que tienen un inmenso terror al mundo universitario (¿ignorancia?) y que se verían obligados a hacer tesis doctorales a toda prisa.

Pero mayor conflicto genera en las desdichadas mentes de algunos musicólogos y políticos españoles, de los cuales una mínima parte alcanzará a tener un título superior de conservatorio, plantearse esta cuestión: ¿Cómo van a existir doctorados en música que se doctoren sin presentar un trabajo de investigación, con lo importante que son los papeles en España? ¡Con la burocracia hemos topado! El modelo americano donde los compositores se doctoran componiendo una gran obra y los instrumentistas preparándose un gran repertorio aquí no tiene cabida, porque claro, es que en España no se puede hacer nada si no es presentando papeles.

Si los que tienen, han tenido y tendrán el poder (cualesquiera que sean sus ideologías) hicieran lo que deberían, en esto como en muchas otras cosas, dañarían las sensibilidades de todos los grupos y perderían votantes. Y como la música clásica importa un pepino (más allá de invertir en que vengan algunas figuras extranjeras a tocar y formar parte de nuestras orquestas), y los propios intervinientes no son partidarios de la medida, ¿Para qué equiparar de una vez por todas la música con cualquier otro estudio universitario y darle el valor que se merece? ¡Bah! ¡Que lo hagan los que vengan después!

En nuestro país, entre tantos columnistas, prebostes y musicólogos, los músicos han reaccionado de la única manera que les queda: asociándose en piaras o grupos de poder minoritarios que se reparten el bacalao en cada provincia, conservatorio o estamento social y rechazan sistemáticamente a todo aquel que no tiene su mismo RH. Sálvese quien pueda.

Ahora que hemos visto las causas, veamos las consecuencias. He aquí la historia de un músico españolito de lo más normalito, el típico "producto nacional bruto" (o no tan bruto...) y que tanto nos conduce a pensar que "Spain is different" y a procurar evitar cualquier españolada cuando vamos al cine (excepto Torrente y cia.):

Un/a joven músico/a ha destacado en sus estudios de música. Digamos que ha dado montones de conciertitos o ha estrenado varias obras y ha obtenido excelentes calificaciones. Da igual cuanto haya tocado o cuanto haya estrenado, pues los críticos de su ciudad no se han molestado en asistir y dar una crítica (aunque sea negativa), por tanto sólo es conocido en ámbitos locales, incluso sólo en ámbitos conservatoriles. Este chiquillo lleno de ilusiones se presenta a concursos en España con diferente suerte. Cuando tiene la fortuna de ganar un concurso, ¿qué ocurre? Simplemente le dan un pequeño premio económico con toda la parafernalia (que es lo más importante para los organizadores, no tanto para el concursante) y en esa ciudad le proporcionan un concierto (que no una beca para ampliar estudios). Bien, se recoge el premio que se gasta en un plis-plas, se da el concierto, y retornamos a casa para volver a ser el músico españolito lleno de ilusiones de antes del premio. Ahí se acaba todo. Entonces ese músico termina sus estudios en el Conservatorio, y sabe perfectamente dos cosas:

  • Primera: Acabará falleciendo algún día.

  • Segunda: Para vivir dignamente de la música en España hay que ser profesor de conservatorio, porque la vida está muy mala.

Por otro lado, si su instrumento es orquestal (y no el piano, porque entonces ni eso), quizás pueda entrar a formar parte de alguna orquesta de jóvenes. ¡Genial! ¡A tocar por amor al arte, nunca mejor dicho!

Este joven músico lleno de ilusiones acaba siendo todo un profesional de la música en España: es decir, un profesor de grado elemental o de piano complementario, porque claro, para dar clases en Conservatorios Profesionales o Superiores no son tan importantes los méritos de uno como el tiempo de servicio a la administración.

Para ser concertista, compositor o director sólo le queda la posibilidad del exilio. Sabe que por ahí fuera se valora muchísimo a los músicos españoles, porque para mala suerte de España, muchos de ellos son muy buenos y tienen un talento especial.

Esa es la pena mayor, darse cuenta que España es una tierra de talentos, desde Cervantes hasta Picasso (y continúa). Uno siente la misma rabia que al ver un partido de fútbol en el que tu equipo se merece ganar (porque juega mejor y tiene más ocasiones) y acaba ganando el equipo contrario. Es lo que siempre ha ocurrido en España, la misma historia de siempre. Esa historia que nos habla de reyezuelos con cara de imbéciles que han dominado imperios mundiales como el que una vez tuvo España, que nos revelan una y otra vez cómo la nuestra es una de las tierras con más potencial del mundo y a la vez la que mejor lo malgasta.