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Número 12º - Enero 2001


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FILOSOFÍA DEL AMOR PARA LA MÚSICA.

Por Daniel Mateos MorenoLee su Curriculum.

Los conceptos sirven para limitar la realidad y convertirla en algo comprensible. Cuando esto se pierde de vista, tenemos conceptos tan amplios y que significan tantas cosas que en realidad no significan nada.

Sin embargo, algunos conceptos pueden tener muchas cosas en común. Esto es lo que ocurre con el amor y la música. No se trata de una visión romántica o romantizada: si bien la música "mueve los afectos" (o dicho en palabras de nuestro tiempo: produce sentimientos), el amor hace exactamente lo mismo. Por ello, tanto el amor como la música pueden tener en nosotros un mismo efecto, si bien la causa muy diferente.

En este sentido, sería inútil confeccionar un artículo nombrando todas las piezas instrumentales u óperas que han sido inspiradas en el amor; entre otras cosas, porque incluso para las piezas que no tratan a este sentimiento de manera explícita, probablemente lo hagan implícitamente... ¡Quién sabe las fuentes de inspiración de los autores! A veces no las conocen ni ellos mismos.

Mucho más fácil sería nombrar las óperas que en su argumento no incluyen algo que las relacione con el amor; ¡son muchísimas menos! Intentemos profundizar de una manera filosófica en el amor y dejemos de lado la idea de hacer un absurdo inventario que de poco nos serviría.

Está claro que el arte es aún más arte cuando se nutre de sentimientos, y no sólo de ideas. La mayoría de los experimentos únicamente "numéricos" de mediados de siglo (Schoenberg, dodecafonismo "intelectual", algunas piezas de Xenakis, etc.) han fracasado desde un punto de vista histórico. Y digo "han fracasado" porque no se tocan tanto ni tienen tantos adeptos como otras músicas "modernas" que no atienden al hecho estético como algo deshumanizado.

Por otro lado, no seamos pretenciosos... quizás en un futuro ésta sea la música que se escuche. Pero, sinceramente, lo dudo; en muchos de esos experimentos se sobrevaloraba la capacidad perceptiva del ser humano: aún faltan milenios de evolución genética para que nuestro cerebro pueda decodificar las relaciones numéricas complejas que puede portar una música, tal y como un ordenador podría hacerlo, y además encontrar algún tipo de belleza en ello.

Una demostración matemática no es bella en sí misma. Lo bello es la idea "genial" que se le debió ocurrir a alguien para realizarla, a la vez que bello es el placer que sentimos cuando nosotros nos hacemos partícipes de esa idea. Pero un puñado de números y fórmulas no son nada de nada. El hombre es lo realmente importante.

No crean ustedes que porque Kasparov perdiera ante Deep-Blue es acaso Deep-Blue la máquina más inteligente del mundo. Lo que sí tiene Deep-Blue es una capacidad de procesamiento, una profundidad de jugadas y una biblioteca de partidas infinitamente mayor que cualquier persona. ¡Pero qué significa eso! Precisamente la intuición, la capacidad de "equivocarse" y el amor son las cualidades que han hecho al hombre "inteligente" (han propiciado que evolucionemos y lleguemos a este momento).

La genialidad de una demostración es exactamente igual que la genialidad de una pieza musical: se trata de una idea, algo de lo que antes nadie se había dado cuenta, algo por descubrir. Muchos creen que el arte y la ciencia son cosas totalmente separadas; separaciones tales como las del trivium y el quadrivium. Sin embargo, la ciencia y el arte son tanto en su base como en su fin la misma cosa. Persiguen la transcendencia del hombre como último fin.

La gran diferencia entre el arte y la ciencia es que el arte consigue llegar al "fin" mucho antes de lo que la ciencia podrá hacerlo: el arte alcanza esa transcendencia de manera inmediata, mientras que para la ciencia aún falten unos cuantos milenios.

Está demostrado y es comunmente aceptado que las personas especializadas en la música o las letras desarrollan más una parte del cerebro que aquellas cuya dedicación exclusiva es la ciencia (la matemática), quienes desarrollan otra totalmente diferente. Precisamente por esta razón, ha sido un gran error heredado la separación entre filosofía y física, o filosofía y matemáticas. No se trata de pensar que Albert Einstein, el cual tocaba el violín, sea un modelo de personalidad investigadora, creativa, y a la vez "artística". Pero sí que puede servirnos como ejemplo de la gran importancia de la música (las "letras") y la ciencia, por igual, en la formación de una persona. Quizás por esta absurda separación no tengamos muchos más Einsteins en la actualidad. A veces las preguntas son mucho más importantes que las respuestas.

Lo dicho anteriormente no se separa en absoluto del leit-motiv de este artículo: con ello, hemos comprobado cómo la música, por tanto el arte, por tanto los sentimientos, están unidos de manera inseparable con lo intelectual. Una aparente contradicción con el principio de este mismo artículo. Pero precisamente usemos esta técnica Hegeliana para llegar a la síntesis, tras la exposición de la tesis y la antítesis.

Cualquier representación artística, cualquier expresión humana, es portadora de sentimientos, aún sin que el propio individuo lo pretendiera al realizarla. Todos sabemos que el amor es el sentimiento que más fuerte ha hecho mella en el hombre desde que tuvimos consciencia del mismo.

Profundicemos en el amor de por sí, sin relacionarlo con la música. Reflexionemos sobre algo que probablemente, dada la naturaleza del hombre, no estemos aún preparados para comprender completamente. Buscar el porqué o el cómo de un instinto propio es el hecho más inteligente de un ser: es el nacimiento de la conciencia.

Obviando la clásica pregunta (¿Qué es el amor?), deberíamos preguntarnos primeramente... ¿es el amor un hecho común a todas las especies? ¿Puede considerarse amor el acto sexual, sin más, de los leones? Y si eso no es amor, entonces ¿es amor el que se procesan las cigüeñas, simplemente porque conservan una única pareja, con la que conviven para toda su vida?

Deducimos obligadamente que el amor es mucho más que todo eso: el amor es un invento humano. Sin embargo, no por ello pierde un ápice de su relevancia, ya que todo lo que nos rodea, todo lo que somos, es un invento humano (¡mucho más humano que divino!).

Teniendo en cuenta que el amor, incluso en la especie humana, está íntimamente relacionado con la reproducción y conservación de la especie, llegamos a la pregunta más importante:

¿Son todos los sentimientos (no sólo el amor) formas "evolucionadas" que poseen los individuos de una especie para obrar de manera natural?

Observemos el amor desde un punto de vista biológico.

Hay quien piensa que la selección natural es un hecho más que presente en nuestra sociedad actual. La belleza física e intelectual son elementos que igualmente pueden atraernos de alguien. Sin embargo, lo más natural es que alguien que nos parezca bello físicamente sea objeto fácil de nuestro amor. Quien niegue esta afirmación está negando la existencia de enfermedades como la anorexia, y a la vez niega que en el cine y en la televisión no hacen más que presentarnos modelos "físicos"-humanos  ideales hacia los que se orienta la sociedad inconscientemente. Sin embargo, aquí se olvida que la belleza más profunda no se suele mostrar a primera vista. A veces, el amor no es capaz de ver ni la belleza ni la fealdad que permanece escondida; justamente, el artista es aquel que es capaz de ver lo bello en lo que otros no ven nada.

La separación griega entre sentimientos y voluntad como fuerzas contrapuestas, lucha de contrarios propia de la filosofía alemana, ha marcado claramente la evolucion de nuestro pensamiento actual. Esto nos llevaría a preguntarnos... ¿sienten de manera diferente el amor otras culturas avanzadas, como la China, la Hindú, la sudamericana, que nosotros los Europeos? Investigando un poco descubriremos que todas las culturas poseen cánticos y poesías populares sobre maneras más o menos evolucionadas de amor: desde tribus africanas que aún viven en el Neolítico, pasando por la música balinesa, hasta la cultura Mongol. Lo cierto es que, paradógicamente, tenemos muchos más parecidos que diferencias, sobre todo en los sentimientos. Cualquier persona que no se dé cuenta de la fugacidad de su vida, que no haya reflexionado sobre el amor, que discrimine a los demás por su raza o que piense en separatismos fanáticos, esa persona necesita alicates para abrir su mente a la realidad.

Pasemos a un plano mucho más material, más cercano, y por tanto más opinable... ¿Cómo se refleja el amor en el arte?

El pintor se libera en el color y en el aura que imprime a su cuadro (sus pinturas adquieren un carácter "mágico"); su amada queda reflejada como una diosa para la posteridad (Gala pintada por Dalí, la Mona Lisa, las Majas, etc.); de la misma manera, cuando tiene un desamor, se refleja igualmente, a veces en una pintura tenebrista o que de alguna forma nos deja ver su estado de ánimo. Pobres de aquellos artistas que dedican su obra al amor y no son correspondidos; de esta manera, ese sentimiento quizás pasajero, perdura para siempre como un espejo de aquel momento que hiere nuestro corazón, a la vez que perpetúa a personas que probablemente no merecían la pena (¡No es el caso de Brahms y Clara Wieck!).

El escritor lo tiene muy fácil para expresar sus sentimientos, pues la palabra amor o desamor nos recuerda, a todos, versos que han marcado nuestra existencia.

¿Y en la música? La música como arte por excelencia (arte de las artes) representa el mayor de los exponentes posibles de amor. Sería evidente decir que son cientos, miles, las piezas compuestas por y para el amor.

Ahora, pecando de presuntuosidad, expondremos una aparente paradoja: Quizás la descripción más científica, más exacta, que pueda existir de algunos hechos son los propios sentimientos. Cuando Tchaikowsky o Prokofiev compusieron su Romeo y Julieta, o Ginastera su "danza de la moza donosa", o cuando yo mismo compongo y estoy enamorado... ¿creen que es más fácil el hecho de componer? ¿Se purifica de alguna manera la conversión de sentimientos en música? ¡No! ¡Componer enamorado es la tarea más difícil que existe en este mundo! Es el mayor momento de inconformismo del artista con su propia obra. A esto se suma que cuando uno crea inspirado en alguien, dedicándole a alguien su creación, debe utilizar un lenguaje que le sea comprensible, porque se está escribiendo un mensaje previamente dirigido.

Para crear se necesita la cabeza fría. Sin embargo, y quizás porque las cosas más bellas y significativas de la vida son casi siempre breves, la poca música que uno compone en ese estado encierra tanta belleza como ese sentimiento que se clava en el corazón.

El amor y la música no son sólo inspiración, sino también inteligencia, conocimientos y fuerza de voluntad. Saber amar es un arte. Saber apreciar la belleza en la música también es un arte. Ser músico significa esto último más que cualquier otra cosa; mucho más que saber leer una partitura (lo cual parecería ilógico).

El romanticismo irracionalista es tan absurdo como el racionalismo antirromanticista. Amar a quien no te ama es algo carente de sentido lógico, incluso carente de sentido emocional, y que puede hacernos mucho daño. Sin embargo, ¿quién no tiene o ha tenido un amor platónico/no correspondido? En realidad el hombre no es un ser lógico.

A cuento de ello, las óperas nos reflejan historias de infidelidad y desamor tanto por parte masculina como por parte femenina. Sin embargo, debido al machismo existente hasta hace muy pocos años, la mujer aparece como prostituta (mujer poco virtuosa) y el hombre como Don Juan (hombre bien dotado).

Sin embargo, en Don Giovanni de Mozart, la joven Zerlina se enamora de Don Juan sólo por su casta (pertenecía a la nobleza) y porque éste le promete fidelidad y estabilidad económica, abandonando sin pensarlo ni un momento al que iba a ser su marido (un simple  campesino). ¡Quizás Don Juan era Don Juan (en esta historia) porque las mujeres así lo deseaban!

Probablemente el hombre siente diferente el amor que la mujer (tal vez por simple constitución biológica), aunque es seguro que los criterios machistas inherentes a la sociedad habrían de reflejarse también en el arte. Pero como todo lo popular, siempre conlleva algo interesante para la reflexión. Ciertas óperas o ciertos ballets nos muestran a un hombre muy guiado por sus sentimientos, incluso a la hora de la infidelidad, guiado por sentimientos sinceros a la vez que primarios. La mujer se nos presenta con un alma más sibilina, más taimada, más insegura de sus propios sentimientos, poco sincera consigo misma y guiada por lo terrenal. Suele darse en esas historias un hombre el cual se enamora y ha de cortejar a la mujer, la que al final acaba rendida en sus brazos.

El concepto de amor, al igual que la música actual, es algo en continua evolución, inseparable de la evolución del propio hombre. Por ello, estos significados y connotaciones de amor expuestos en las óperas y en el arte han influido y probablemente aún influyen en el sentimiento de "amor" que todos sentimos, a manera de un inconsciente colectivo, y de esa manera, muchas veces estas óperas están llenas de verdad.

Parece simple, utópica y a la vez cargada de sentido la idea de que el amor es la solución universal, piedra filosofal arquimista, para todos los problemas que existen en el mundo. Dado que amar es un arte (véase Erich Fromm: "El arte de amar"), probablemente no todos estemos preparados para amar, al igual que no todos tenemos dones para tocar el piano o para estudiar matemáticas. Amar demasiado es un problema. Amar poco, también.

Tras este conglomerado de ideas unidas por un hilo tendido entre lo lógico y lo intuitivo, a la espera de que hayamos reflexionado sobre el amor y la música, finalizaremos con un poema de Becquer. Así imagina el compositor a su amada tocando su música; así debió imaginar Schumann a Clara, o Liszt a Marie d'Agoult y a la Princesa Carolyne von Sayn-Wittgenstein.

Esas quejas del piano
a intervalos desprendidas,
sirenas adormecidas
que evoca tu blanca mano,
no esparcen al aire en vano
el melancólico son;
pues de la oculta mansión
en que mi pasión se esconde,
a cada nota responde
un eco del corazón
.